La aventura de albergar diferentes propuestas desde el seno de una entidad cultural contiene en primer lugar la idea de la importancia de la aceptación de la diversidad: "...esto no me atrae ( o, aún, disiento ), ... pero puede constituir la razón de otros". Esta arquitectura de pensamiento está en las antípodas de la intolerancia, que es su antónimo. El intolerante está habitado por enormes muros que limitan sin remedio la visión de su alrededor. Como consecuencia, es poseedor de verdades absolutas que impone a su circunstancial entorno, el que suele ser estrecho y limitado a unas pocas personas. La intolerancia vive atrincherada, no deja ni se deja ser. Cual bloque de granito, es inextendible e impenetrable. Sin embargo, hemos de admitir que esta actitud es mayoritaria, lamentablemente, formando parte del ser personal de un enorme conjunto de grupos sociales: como la violencia familiar, anida en todos los estratos. Tanto puede ser intolerante el adinerado como el mas pobre; el más ilustrado como el menos cultivado... Reconocen todos ellos un común denominador: la extraordinario limitación de su visión del mundo, su estrechez mental.
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